Hay días en los que la vida estalla en color. Todo parece intenso, vibrante, lleno de posibilidades.
Y hay otros en los que se vuelve blanco y negro. No porque sea peor, sino porque cambia el ritmo. En el blanco y negro también habita la calma, la nostalgia, la reflexión y los pequeños detalles que el exceso de color a veces nos impide ver.
Al final, la vida no consiste en elegir entre el color o el blanco y negro. Ambos forman parte del mismo viaje. Lo importante es entender que cada etapa tiene su belleza y que todo acaba llevándonos al mismo lugar: seguir avanzando.
Porque no siempre se trata de cambiar el paisaje, sino de cambiar la forma de mirarlo. Y cuando aprendemos eso, descubrimos que tanto el color como el blanco y negro tienen su propia manera de contar la vida.




